¡He aquí el hombre!

“Y Pilato les dijo: ¡He aquí el hombre!”

Juan 19.5

 

Una multitud de furiosos y prejuiciados enemigos procuraban la muerte de Jesús. Entre ellos había todo tipo de personas. Mientras la multitud enardecida reclamaba la vida de Jesucristo aparece Pilato con Jesús coronado de espinas, golpeado y humillado. De pronto, una declaración que me ha hecho pensar profundamente en el significado de la palabra hombre: ¡He aquí el hombre!

 

Quienes respiraban odio y maldad contra él se sentían muy hombres. Allí estaban, de seguro, aquellos que creían que el verdadero hombre es aquel que tiene muchas mujeres. Los que intentan mostrar su hombría tomando cuantas mujeres pueden sin importarles el sufrimiento que con eso producen e ignorando por completo el orden de Dios para la familia. A estos Jesús les fue presentado como “el hombre” pero sin mujeres. ¡Qué contraste!

 

También, creo que hicieron presencia los groseros. Los que tienen la boca llena de vulgaridades y así logran que sus argumentos sean escuchados. Los que a falta de razones sabias se imponen por el volumen de su voz reduciendo a sus esposas al amargo silencio. A los tales también se les presentó “el hombre”. Pero no el bocón sino el que sin abrir su boca fue llevado al matadero. Uno cuyas frases revolucionarias no destilaban odio sino perdón, amor y compasión. Los contrastes continuaron.

 

Los adinerados no podían faltar. Los que le ponen precio a todo. Los que dicen “tanto tienes, tanto vales”. Los que piensan que la felicidad se compra y los seres humanos también. Los que intentaron alguna vez comprar el don de Dios y en otras ocasiones se alejaron de Jesús preocupados al ver que este no estaba interesado en sus riquezas, sino que los exhortó a darlas a los pobres. Los que creen que se es más hombre cuando se posee más y que el propósito de la vida es acumular. Difícil les resultaría oír que Pilato llamara “el hombre” a uno que ni siquiera tenía donde recostar su cabeza. Al que para enriquecer a todos se hizo pobre.

 

También se hicieron presentes los que muestran su hombría mediante golpes. Los guapos, bravos, violentos. Los que imponen la ley del más macho con sus puños, armas u otras formas de agresión. Y qué ironía que el Rey de Reyes no tuviera un ejército que lo defendiera, que ordenara a Pedro guardar su espada y que dijera: “Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen.”.

 

Estoy convencido de que se les hizo complicado oír las palabras de Pilato e imposible entenderlas: “He aquí el hombre”.

 

Posiblemente el mismo Pilato no tuvo conciencia de la profundidad de su declaración. Pero al presentar a Jesús como “el hombre” estaba dando respuesta a las interrogantes y vacios de los corazones de todos cuantos acusaban al Señor. Hombres que necesitaban un modelo. Que habían seguido los ejemplos de una sociedad caída y una religión deteriorada.

 

Jesús no fue presentado como un hombre sino como “el hombre”. El verdadero hombre, el verdadero modelo. No escribió un libro, no tuvo un hijo y tal vez tampoco sembró un árbol, pero quién puede negar que su vida fuera plena. Quién puede negar que fuera el más hombre de todos los hombres y el único perfecto.

 

Mis amigos, cómo nos han engañado y nos han vendido una hombría que no es tal. Cómo nos hemos desviado de senda. Si aquella multitud no tuvo la capacidad de apreciar al que se le presentaba como “el hombre” nosotros sí. Miremos a Jesús y tomemos la decisión de ser hombres verdaderos, como Él. No haber estado en el patio de Pilato no nos pone en desventaja, la realidad es que Dios nos lo presenta desde el calvario y podemos oír su voz llamando nuestras atención: “He aquí el hombre”

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